El pasado 26 de septiembre, en UNEARTE, Daniel Gil nos ofreció la explicación más clara del concepto de alienación en las artes que yo haya oído.[1] Ni Walter Mignolo, que se ha arrojado sobre sí la autoridad gringo-universitaria (latinoamericanista) en materia de estéticas descoloniales, es tan claro (no puede serlo). Gil dijo que, en algún momento, el arte se alienó y dejó de ser parte de la vida, para convertirse en una cosa en sí misma, con valor propio y con autonomía respecto de los demás trabajos. Desde entonces llamamos artista a alguien que no es obrero ni artesano. Y remataba Gil, manoteando el aire: “¡Pero si en su origen arte significaba oficio! ¿Por qué tenemos que diferenciarnos de la gente?”.
En el siglo XVI, junto a la aparición de la banca y la hegemonía de la ciudad moderna, el lazo entre las artes y la vida se quebró, quedando las artes escindidas de su origen, absolutizadas en su particularidad: fetichizadas. En tiempos de Leonardo Da Vinci, un pintor todavía era considerado un artista “mecánico”, es decir, un obrero, alguien dedicado al trabajo manual, y por ende inferior. La política cultural de los banqueros Medicci, y de la iglesia en su fase anti-protestante y promercantilista, permitió que los pintores cobraran relevancia, y así empezaron a acumular el prestigio social del que hoy todavía gozan. Pero no se trataba de cualquier pintor, sino del “maestro” (el genio, para Kant), legitimado en el libro de Giorgio Vasari: Vida de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos (1550). Ese documento indica el ascenso social del yo del artista en Europa, que de anónimo en la Edad Media pasó a ser el mayor representante de la nueva ética de la ciudad moderna: la ética mercantil, la del “yo-conquisto”, el yo-explotador de la “terra mater” y extirpador (mutilador) de los saberes originarios en los cuerpos de las mujeres.
Cuando Leonardo da Vinci firmaba sus lienzos estaba haciendo obra, en el sentido moderno, es decir: trabajo escindido de la producción de soberanía de vida, de bienes comunes. Estaba haciendo arte, en el sentido todavía actual (hegemónico), con autonomía técnica e ideológica. Su “yo” empezaba a tener el mismo estatus de un dios maldito, un yo sin lazos, sin comunidad. La biografía de Leonardo es la de su obra, la de su condición de sujeto creador de totalidades metafísicas, no la de un sujeto atado a relaciones psicosociales, políticas y económicas comunitarias, a una tierra y a un territorio, a una memoria y a una cultura del trabajo. El Leonardo de Vasari (y el de History Chanel) es un “hombre” (masculino) recién nacido, sin pasado, que construye mundo desde su voluntad de poder, que saca de su yo la realidad: el proyector, el ingeniero del futuro, el visionario de todos los futuros. El modelo del todos los emprendedores de la economía de mercado. El modelo del empresario.
En cambio Daniel Gil está anclado (umbilicado) a las memorias de su gente. Su yo es comunitario, y su obrar (su hacer obra, su trabajo) busca restituir el lazo roto entre la canción y la producción de vida. Escuchándolo comprendo que nuestra tarea es la de “afirmar, por un proceso de liberación, los valores propios del proceso del trabajo del pueblo y su historia”, como dice Enrique Dussel. ¿Y cómo se hace eso? Superando la visión de la obra como fetiche, comprendiendo (y a veces restituyendo) sus ataduras, sus ligaduras, sus dependencias de los procesos comunitarios de cuidado de la vida.
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[1] En el conversatorio “Músicas y tradiciones descolonizadas”, del ciclo de conversas descolonizadoras de la Cátedra Libre Culturas Populares, con Daniel Gil e Ismael Querales, organizada por el profesor Fidel Barbarito, el 26 de septiembre de 2016.
viernes, 14 de octubre de 2016
jueves, 1 de septiembre de 2016
La modernidad compró nuestra subjetividad y nos dejó una burbuja
Se tiende a pensar que hoy (y al menos desde 2012) nuestros vecinos del sur están en mejores condiciones de vida que nosotros. Incluso tenemos una diáspora venezolana en latinoamérica. Una diáspora de profesionales que ven en esos países la posibilidad de continuar el ascenso social truncado en Venezuela.
Pero nuestros vecinos no pasan menos hambre, ni tienen más acceso a bienes. Sólo una porción privilegiada de nuestros vecinos lo consigue “todo”, eso sí. Lo que pasa es que en esos países la burbuja de la modernidad se mantiene inflada, especialmente para los sectores que reproducen la sensación real de estabilidad económica y sociopolítica, y que ayudan a inflar la burbuja. Pero incluso esos sectores no son menos pobres, porque la mayoría vive de la venta de su subjetividad. Usted puede tener la nevera repleta y acceso a “casi todas” las comodidades de la modernidad, pero aún así usted mismo (obligado) ha vendido su subjetividad.
En Venezuela reventaron (reventamos) la burbuja. Las causas y razones de ese reventón son complejísimas. Lo cierto es que aquí, en este instante, el capital muestra su verdadera cara. En Colombia y Chile el capital mantiene el estatus quo, o la ilusión de estatus quo, que los aparatos mediáticos y la industria cultural convierten en referentes de vida (referentes sicológicos, sensibles, afectivos, sexuales, relacionales, políticos y económicos).
Aquí la ilusión fue desmontada. Los sectores sociales que trabajan para acceder a ese estatus quo (que es el pueblo empobrecido, sobre todo ese que llamamos “clase media” o apirante a clase media), siente perdido esos referentes. Los siente fuera de su alcance. Y el desmonte de la ilusión de progreso y desarrollo es profundamente doloroso, porque, con o sin conciencia, esa ilusión había subsumido nuestras energías vitales. Nuestras ganas de vivir se identificaron de tal manera con la burbuja, que terminaron por convertirse en la misma ilusión que alimenta la burbuja, y en un factor fundamental de su reproducción (inflación). Reventada la burbuja, nuestras vidas quedan a la deriva.
Una pequeña porción de nuestros vecinos del sur puede hoy tener de todo, pero en cualquier momento se quedan sin nada. Porque la burbuja funciona con la misma lógica de un dealer de drogas ilegales y legales: nos intoxica de placeres fáciles hasta tal punto que nuestra vida depende de cómo el dealer, y el sistema farmacéutico que lo esclaviza, necesitan administrar esos placeres. De igual manera funcionan los demás aparatos neoliberales de control y gestión del placer.
A lo mejor “usted y sus hijos” lo tienen todo, “su seguridad y la de su familia” están garantizadas… a lo mejor, ¿pero y la de sus descendientes en cinco o diez generaciones? En cualquier momento se quedan en la nada, siendo lo que todxs en verdad somos: pobres. Porque al poner en venta nuestra subjetividad aceptamos que fuese convertida en propiedad privada; y los propietarios pueden disponer de ella como les convenga. Recuerden que, según el derecho burgués, la propiedad vale más que la vida.
Pero nuestros vecinos no pasan menos hambre, ni tienen más acceso a bienes. Sólo una porción privilegiada de nuestros vecinos lo consigue “todo”, eso sí. Lo que pasa es que en esos países la burbuja de la modernidad se mantiene inflada, especialmente para los sectores que reproducen la sensación real de estabilidad económica y sociopolítica, y que ayudan a inflar la burbuja. Pero incluso esos sectores no son menos pobres, porque la mayoría vive de la venta de su subjetividad. Usted puede tener la nevera repleta y acceso a “casi todas” las comodidades de la modernidad, pero aún así usted mismo (obligado) ha vendido su subjetividad.
En Venezuela reventaron (reventamos) la burbuja. Las causas y razones de ese reventón son complejísimas. Lo cierto es que aquí, en este instante, el capital muestra su verdadera cara. En Colombia y Chile el capital mantiene el estatus quo, o la ilusión de estatus quo, que los aparatos mediáticos y la industria cultural convierten en referentes de vida (referentes sicológicos, sensibles, afectivos, sexuales, relacionales, políticos y económicos).
Aquí la ilusión fue desmontada. Los sectores sociales que trabajan para acceder a ese estatus quo (que es el pueblo empobrecido, sobre todo ese que llamamos “clase media” o apirante a clase media), siente perdido esos referentes. Los siente fuera de su alcance. Y el desmonte de la ilusión de progreso y desarrollo es profundamente doloroso, porque, con o sin conciencia, esa ilusión había subsumido nuestras energías vitales. Nuestras ganas de vivir se identificaron de tal manera con la burbuja, que terminaron por convertirse en la misma ilusión que alimenta la burbuja, y en un factor fundamental de su reproducción (inflación). Reventada la burbuja, nuestras vidas quedan a la deriva.
Una pequeña porción de nuestros vecinos del sur puede hoy tener de todo, pero en cualquier momento se quedan sin nada. Porque la burbuja funciona con la misma lógica de un dealer de drogas ilegales y legales: nos intoxica de placeres fáciles hasta tal punto que nuestra vida depende de cómo el dealer, y el sistema farmacéutico que lo esclaviza, necesitan administrar esos placeres. De igual manera funcionan los demás aparatos neoliberales de control y gestión del placer.
A lo mejor “usted y sus hijos” lo tienen todo, “su seguridad y la de su familia” están garantizadas… a lo mejor, ¿pero y la de sus descendientes en cinco o diez generaciones? En cualquier momento se quedan en la nada, siendo lo que todxs en verdad somos: pobres. Porque al poner en venta nuestra subjetividad aceptamos que fuese convertida en propiedad privada; y los propietarios pueden disponer de ella como les convenga. Recuerden que, según el derecho burgués, la propiedad vale más que la vida.
viernes, 19 de agosto de 2016
Vendimos nuestra subjetividad
Para mí, el nudo de la crisis está en que, generacionalmente, se nos olvidó la experiencia de tener soberanía de vida. Papá cuenta que su abuelita del campo tenía su trapiche, su caña, su vaquita para su queso, y que no compraban casi nada sino ropa, quizás, muy poquita cosa. Sin embargo, un buen día mi abuela se fue de ese campo, jovencita como estaba, a buscar una mejor vida en las petroleras de Punta Cardón. En el campo lo tenía todo, pero no progreso y desarrollo. Y, pues, terminó en Caracas, en los Magallanes.
Yo creo que, en medio de esta revuelta económica, no hemos medido suficiente las consecuencias del despojo cultural al que fue sometido el campo. La cultura del conuco fue despojada de su condición de cultura. Había que buscar la cultura en los libros, y eso fue lo que hicimos. Ahora tenemos maestrías y escribimos artículos académicos, pero no tenemos comida. ¿Por qué? Porque en esa venida al desarrollo vendimos nuestra corporeidad, que era lo único que nos quedaba, a cambio de cupos en la universidad y trabajo asalariado. Vendimos nuestra subjetividad, que era lo único que nos quedaba, después que nos fuimos --“nos fueron”-- del conuco. Y nuestra subjetividad fue reducida a la dependencia. Reducida porque, en otros tiempos, antes del despojo, la subjetividad era fuente de vida: atada a mitos, a saberes en forma de historias, a ritmos de vida, a autoabastecimiento, a un reparto equivalencial de los excedentes.
Lo que hoy se hace evidente es que nuestra subjetividad dependiente (del progreso y el desarrollo, del bienestar social, del estatus quo mayamero-eurofílico, de la capacidad de consumo, de la seguridad pública y del Estado) es el fundamento del capital. Ya no la clase obrera de la fábrica, sino la gente empobrecida, que hoy día somos más del 90% de la población mundial.
A mi abuela “la fueron” del conuco. No hay progreso sin la destrucción histórica de nuestras experiencias de soberanía de vida. Teníamos que quedarnos desnudos. No tuvimos opción. El conuco fue empobrecido al sacarle lo que más le daba valor: nuestros placeres, que fueron y siguen siendo atrapados como moscas por la trampa de la libertad individual capitalista, la trampa del desarrollo personal, del “tu futuro está en tus manos” del dedo apuntador del tío Sam, y que hoy se traduce en la esperanza de que, algún día, cuando todo esto pase, volveremos a viajar a Europa y a no tener que moler maíz todas las noches.
¿Tú sigues creyéndote esa?
Yo creo que, en medio de esta revuelta económica, no hemos medido suficiente las consecuencias del despojo cultural al que fue sometido el campo. La cultura del conuco fue despojada de su condición de cultura. Había que buscar la cultura en los libros, y eso fue lo que hicimos. Ahora tenemos maestrías y escribimos artículos académicos, pero no tenemos comida. ¿Por qué? Porque en esa venida al desarrollo vendimos nuestra corporeidad, que era lo único que nos quedaba, a cambio de cupos en la universidad y trabajo asalariado. Vendimos nuestra subjetividad, que era lo único que nos quedaba, después que nos fuimos --“nos fueron”-- del conuco. Y nuestra subjetividad fue reducida a la dependencia. Reducida porque, en otros tiempos, antes del despojo, la subjetividad era fuente de vida: atada a mitos, a saberes en forma de historias, a ritmos de vida, a autoabastecimiento, a un reparto equivalencial de los excedentes.
Lo que hoy se hace evidente es que nuestra subjetividad dependiente (del progreso y el desarrollo, del bienestar social, del estatus quo mayamero-eurofílico, de la capacidad de consumo, de la seguridad pública y del Estado) es el fundamento del capital. Ya no la clase obrera de la fábrica, sino la gente empobrecida, que hoy día somos más del 90% de la población mundial.
A mi abuela “la fueron” del conuco. No hay progreso sin la destrucción histórica de nuestras experiencias de soberanía de vida. Teníamos que quedarnos desnudos. No tuvimos opción. El conuco fue empobrecido al sacarle lo que más le daba valor: nuestros placeres, que fueron y siguen siendo atrapados como moscas por la trampa de la libertad individual capitalista, la trampa del desarrollo personal, del “tu futuro está en tus manos” del dedo apuntador del tío Sam, y que hoy se traduce en la esperanza de que, algún día, cuando todo esto pase, volveremos a viajar a Europa y a no tener que moler maíz todas las noches.
¿Tú sigues creyéndote esa?
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